Miguel Strogoff
Miguel Strogoff La kibitka se encontraba ya solamente a una media versta de Krasnoiarsk y a derecha e izquierda se veían numerosas cruces de madera que se levantaban a ambos lados del camino en las proximidades de la ciudad.
Eran las siete de la tarde y sobre el claro del cielo se perfilaban las siluetas de las iglesias y de las casas construidas sobre la alta pendiente de las margenes del Yenisei. Las aguas del río reflejaban las últimas luces del crepúsculo. La kibitka se paro.
-¿Dónde estamos, hermana? -preguntó Miguel Strogoff.
-A una media versta de las primeras casas -respondió Nadia.
-¿Es ésta una ciudad dormida? -continuó Miguel Strogoff-----. No oigo ni un solo ruido.
-Y yo no veo brillar ni una sola luz en las sombras, ni una sola columna de humo elevarse en el aire -continuó Nadia.
-¡Singular ciudad! ¡No se oye ningún ruido y se acuesta temprano!