Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Durante este tiempo los peregrinos continuaron rezando en voz baja y el viejo marinero, esquivando los bloques de hielo que se les echaban encima, mantenía imperturbable la balsa en el centro de la rápida corriente. 

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ENTRE DOS ORILLAS

Tal como era de prever, dado el estado del tiempo, una profunda oscuridad envolvía toda la comarca a las ocho de la tarde. Era luna nueva y, por tanto, el disco dorado no aparecía en el horizonte. Desde el centro del río las orillas eran invisibles y los acantilados se confundían a poca altura con las espesas nubes que apenas se desplazaban. Algunas ráfagas de aire, que venlan a veces del este, parecían expirar en el estrecho valle del Angara.

La oscuridad favorecía en gran medida los proyectos de los fugitivos. En efecto, aunque los puestos avanzados de los tártaros estuvieran escalonados sobre ambas orillas, la balsa tenía muchas probabilidades de pasar desapercibida. Tampoco era verosímil que los asediadores hubieran bloqueado el río más arriba de Irkutsk, porque sabían que los rusos no podían recibir ninguna ayuda proveniente del sur de la provincia.

No obstante, dentro de poco sería la misma naturaleza la que estableciera esa barrera, cuando el frío cimentase los hielos acumulados entre las dos orillas. A bordo de la balsa reinaba un absoluto silencio.


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