Miguel Strogoff

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En efecto, el tiempo apremíaba, porque era preciso que la ciudad cayera antes de la llegada de las tropas rusas del norte y del este, lo cual era cuestión de pocos días. Una vez dueños de Irkutsk, los tártaros no la perderían fácilmente y, en caso de verse obligados a abandonar la ciudad, no sería sin antes haberla arrasado hasta los cimientos y sin que rodara la cabeza del Gran Duque a los pies de Féofar-Khan. Ivan Ogareff, teniendo toda clase de facilidades para ver, observar y disponer, se preocupó al día siguiente de visitar las defensas.

Por todas partes fue acogido con cordiales felicitaciones por parte de oficiales, soldados y civiles. Para ellos, el correo del Zar era como el lazo que había venido a atarles al Imperio.









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