Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Ese día, el sol, que había salido a las seis y veinte de la mañana, se ponía a las cinco y cuarenta de la tarde, después de haber trazado su arco diurno por encima del horizonte durante once horas. El crepúsculo se resistiría a dejar paso a la noche durante dos horas todavía. Después, el espacio se llenaría de tinieblas porque grandes nubes se inmovilizarían en el aire, no permitiendo que la luna hiciera su aparicion. Esta profunda oscuridad iba a favorecer los proyectos de Ivan Ogareff. Desde hacía varios días, un frío extremado preludiaba los rigores del invierno siberiano y, aquella noche, se dejaba sentir más intensamente todavía. Los soldados apostados sobre la orilla derecha del Angara, forzados a no revelar su presencia, no habían podido encender hogueras, por lo que sufrían cruelmente con este terrible descenso de la temperatura. Varios pies por debajo de ellos pasaban los hielos que eran arrastrados por la corriente del río. Durante el día se les había visto, en hileras apretadas, derivar rápidamente entre las dos orillas.