Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Ella esperaba. Miguel Strogoff también.
Ella no había hecho ningún movimiento para salir del vagón. Miguel Strogoff no se movió tampoco.
Ambos permanecieron impasibles.
«Una naturaleza enérgica», pensó Miguel Strogoff. Mientras, el peligro había desaparecido. La rotura del tope del vagón de equipajes había provocado, primero el choque, después la parada del tren, pero poco había faltado para que descarrilara, precipitándose desde el terraplén al fondo de un barranco. El accidente ocasionó una hora de retraso, pero al fin, despejada la vía, el tren reemprendió la marcha y a las ocho y media de la tarde llegaban a la estación de Nijni-Novgorod. Antes de que nadie pudiera bajar de los vagones, los inspectores de policía coparon las portezuelas examinando a los viajeros.
Miguel Strogoff mostró su podaroshna extendido a nombre de Nicolás Korpanoff, y no tuvo dificultad alguna. En cuanto a los otros pasajeros del compartimiento, todos ellos con destino a Nijni-Novgorod, no despertaron sospechas, afortunadamente para ellos.
La joven presentó, no un pasaporte, ya que el pasaporte no se exige en Rusia, sino un permiso acreditado por un sello particular y que parecía ser de una especial naturaleza. El inspector lo leyó con atención y después de examinar minuciosamente el sello que contenía, le preguntó: