Miguel Strogoff

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Había un movimiento, una excitación, un barullo y un griterío indescriptibles y la expresividad de los indígenas de clase inferior iba pareja con la de los extranjeros, que no les cedían terreno sobre ningun punto. Había allí mercaderes de Asia central que ha-bían empleado todo un año para atravesar tan inmensas llanuras escoltando sus mercancías, y los cuales no volverían a ver sus tiendas o sus despachos hasta dentro de otro año. En fin, la importancia de la feria de Nijni-Novgorod era tal que la cifra de las transacciones no bajaba de los cien millones de rublos.

Aparte, en las plazas de los barrios de esta ciudad improvisada, había una aglomeración de vividores de toda clase: saltimbanquis y acróbatas, que ensordecían con el ruido de sus orquestas y las vociferaciones de sus reclamos; bohemios llegados de las montañas que decían la buenaventura a los bobalicones de entre un público en continua renovacion; cingaros o gitanos -nombre que los rusos dan a los egipcios, que son los antiguos descendientes de los coptos-, cantando sus más animadas canciones y bailando sus danzas más originales; actores de teatrillos de feria que representaban obras de Shakespeare, muy apropiadas al gusto de los espectadores, que acudían en tropel. 



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