París en el siglo XX
París en el siglo XX Y recomenzó el trabajo. La existencia del joven Dufrénoy se modificó significativamente desde entonces; tenía un amigo; hablaba; podía darse a entender, lo comprendían; era feliz como un mudo que hubiera recuperado el habla. Las cumbres del Libro Grande ya no le parecían cimas desiertas; respiraba allí con comodidad. Muy pronto los dos camaradas se habituaron a tutearse.
Quinsonnas comunicaba a Michel todo lo que había adquirido por experiencia, y éste, en sus insomnios, soñaba con los engaños de este mundo; volvía por la mañana a la oficina inflamado con los pensamientos de la noche, e interpelaba al músico que no conseguía callarlo.
No pasó mucho tiempo antes de que el Libro Grande ya no estuviera al día.
-No vayas a cometer un error -no cesaba de repetirle Quinsonnas-. Nos pueden expulsar.
-Pero no puedo dejar de hablarte -respondía Michel.
-Y bien -le dijo un día Quinsonnas-, hoy puedes venir a cenar a casa. Vendrá mi amigo Jacques Aubanet.
-¡A tu casa! ¿Y el permiso?
-Ya lo tengo. ¿Dónde estábamos?
-Caja de Liquidaciones -dijo Michel.
-Caja de Liquidaciones -repitió Quinsonnas.
Tres bocas inútiles para la sociedad
