Un Capitan de quince años
Un Capitan de quince años -¡El león! ¡El león!
Tom acababa de reconocer aquel rugido que en su infancia habÃa oÃdo tantas veces.
Incapaz de dominar por más tiempo sus impulsos, Dick se precipitó, cuchillo en mano, hacia el sitio que ocupaba Harris, pero éste y su caballo habÃan desaparecido.
En su interior, el grumete acusó todas las reacciones capaces de sentir su espÃritu. ¡ComprendÃa que no se hallaba donde habÃa creÃdo estar!
La costa donde habÃa encallado el barco no era la costa americana. Tampoco era la isla de Pascua la que le habÃa servido de orientación en el mar. La brújula, sin saber por qué, le habÃa engañado durante una buena parte del viaje, y la tempestad debÃa de haberlos arrastrado hasta dar la vuelta al cabo de Hornos, pasando del PacÃfico al Atlántico. La velocidad del barco se duplicó, sin duda, por la fuerza del huracán.
Aquella región donde estaba no era la llanura de Ata-cama, ni la Pampa boliviana y por eso en ella no habÃa los productos de América del Sur, como son los quinos y los árboles del caucho.
Harris les habÃa engañado al decir que eran avestruces aquellas jirafas. Aquellas huellas eran, efectivamente, de elefantes, de la misma manera que eran hipopótamos las bestias que el grumete habÃa visto en la orilla de un rÃo.