Un Capitan de quince años
Un Capitan de quince años Al primo Benedicto no fue posible asignarle un puesto, ya que con su lata de hojalata terciada, con su cazamariposas en la mano y una gran lupa pendiente del cuello, iba y venía persiguiendo toda clase de insectos, con peligro de ser mordido por alguna serpiente venenosa.
En cuanto a Dingo, corría de un lado para otro, pareciendo inquieto, como si buscase una pista, y casi sin cesar gruñía sordamente, más bien lastimero que furioso. Todos se dieron cuenta de su extraña conducta, pero nadie podía explicarse a qué era debido.
La señora Weldon, temiendo que a su primo le ocurriese algún percance en sus constantes desplazamientos, le llamó repetidas veces, amenazándole con quitarle la caja de los insectos, las gafas y la lupa si no seguía junto a la caravana.
El primo Benedicto, ante aquella amenaza, se sometió durante una hora, pero después comenzó a alejarse de nuevo, sin acordarse ya de la promesa hecha a la señora Weldon.
Esta pidió a Hércules que se encargase de la custodia del rebelde primo.
El negro aceptó complacido pensando que, en caso necesario, le bastaría una sola mano para reintegrar a su puesto a aquel hombre como si fuese un simple insecto.