Un Capitan de quince años
Un Capitan de quince años - ¿Es que no hay serpientes, ni leones, ni tigres? -preguntó Jack.
-Pregúntele a su mamá -rió el americano- si ha oído decir alguna vez que haya tigres por esta parte del continente americano.
-Cierto es, hijo mío -aseveró la señora Weldon.
Los párpados del pequeño se cerraban vencidos por el sueño, pero aun así, mientras dormía, iba nombrando a los leones y a los tigres...
Los cuatro negros se ofrecieron para ir velando el sueño de los restantes, y a pesar de que Dick quería tomar parte también en la guardia, accedió por fin a las razones de aquellos nobles muchachos.
Al día siguiente, Dick y sus compañeros despertaron pronto, algo repuestos con aquellas horas de descanso, y sin que nada hubiese turbado la noche.
Sin embargo, si hubiesen estado al corriente de las costumbres de ciertos moradores de la selva, hubieran advertido que éstos no habían saludado al día con sus gritos característicos, muy especialmente el de los guerribas, unos cuadrúmanos que los indios dicen que por las mañanas recitan sus oraciones.
El aire matinal de la selva pronto abrió el apetito de todos y se dispusieron a saborear el desayuno preparado por Nan, incluso el primo Benedicto, que, acaso por primera vez en su vida, comprendió que el comer no era un acto inútil.