Un Drama en México
Un Drama en México —Estoy seguro de que lo hará usted. No tema que si se la pide usted, el general Bauregard le niegue la libertad del señor Halliburtt.
—¿Y si me la niega?
—Entonces —repuso Crockston imperturbable —, emplearemos los grandes medios y nos llevaremos al prisionero a despecho de los confederados.
—¿De manera —exclamó Playfair, al que la cólera empezaba a dominar—, de manera que además de pasar a través de las escuadras federadas y de forzar el bloqueo, tendré que fondear bajo el cañón de los fuertes para libertar a un señor a quien ni siquiera conozco, a uno de esos abolicionistas que detesto, a un emborronador de cuartillas que derraman tinta en vez de sangre suya?
—¡Bah! Un cañonazo más o menos… —dijo Crockston.
—Escucha, amiguito —replicó el capitán —; si tienes la desgracia de volver a hablarme de este asunto, irás a parar al fondo de la sentina, para que aprendas a morderte la lengua.
Dicho esto, Playfair despidió al americano, que se alejó murmurando:
—No estoy descontento del resultado de la conversación. Le he hablado, que era lo importante. Ya sabe lo que me interesaba que supiera… ¡Esto marcha, Crockston, esto marcha!