Un Drama en México
Un Drama en México Ante ellos se erguía entonces el inmenso cono del Popocatepetl, de una altitud tal que las miradas se perdían entre las nubes intentando encontrar la cima de la montaña. El camino era de una aridez desesperante. Por todas partes se abrían insondables precipicios entre los salientes del terreno, y los vertiginosos senderos parecían oscilar bajo los pasos de los caminantes. Para avistar bien el camino tuvieron que escalar una parte de esta montaña de cinco mil cuatrocientos metros a la que los indios llamaban «La roca humeante» y que muestra aún la huella de recientes explosiones volcánicas. Sombrías grietas serpenteaban entre sus abruptas laderas. Desde el último viaje del gaviero José, nuevos cataclismos habían trastornado estos desiertos que ya no conseguía reconocer. De esa forma se perdía por senderos impracticables deteniéndose a veces con el oído atento, porque sordos rumores se dejaban oír aquí y allá a través de las quebraduras del enorme cono.
El sol declinaba ya a ojos vistas. Enormes nubes, aplastadas contra el cielo, oscurecían aún más la atmósfera. Amenazaban la lluvia y la tormenta, fenómenos frecuentes en estas comarcas en las que la elevación del terreno acelera la evaporación del agua. Toda especie de vegetación había desaparecido en estos roquedales cuya cima se pierde bajo las nieves eternas.
—¡No puedo más! —dijo por fin José, desplomándose de fatiga.