Un Drama en México
Un Drama en México Tanto los cazadores de oficio, como los de segundo y tercer orden, los hábiles que matan sin apuntar como los tontos que apuntan y no matan nunca, todos se preparaban en vista de la apertura, se equipaban, no pensando, hablando, ni soñando más que con liebres, conejos y perdices. Mujer, hijos, familia, amigos, todo se olvidaba. PolÃtica, artes, literatura, agricultura, comercio, todo desaparecÃa ante la perspectiva del gran dÃa. Entre mis amigos en Amiens, habÃa uno, verdadero cazador, pero persona amable, aunque era empleado. Algunas veces padecÃa de reuma al tratarse de ir a la oficina; pero estaba siempre más listo que un galgo cuando ocho dÃas de vacaciones le permitÃan asistir a la apertura de la caza.
Mi amigo se llamaba Bretignot.
Algunos dÃas antes de la fecha memorable, Bretignot estuvo en mi casa.
—¿No ha cazado usted nunca? —me dijo con ese tono de superioridad que tiene dos partes de amabilidad contra ocho de desdén.
—Nunca, Bretignot —le respond×, ni pienso hacerlo.
—Entonces, venga a la apertura conmigo —añadió Bretignot—. Tenemos en Hérisart doscientas hectáreas reservadas, en donde la caza abunda. Tengo derecho a llevar un convidado, por lo cual lo invito, y le llevo.
—Es que… —dije yo balbuceando.