Un Drama en México
Un Drama en México —¿No tiene usted escopeta?
—No; ni la he tenido nunca.
—Eso no importa. Yo le prestaré una. Es de pistón, es verdad; pero eso no impide que se pueda matar con ella una liebre a ochenta pasos.
—Si tiene uno la suerte de darle —repliqué yo.
—Naturalmente. Lo que no tendrá usted es perro.
—Inútil; teniéndolo en la escopeta, serÃa demasiado dos perros.[1]
Mi amigo me miró un tanto molesto. No le gusta que se burle uno de las cosas de caza.
Es sagrado, según él.
—En fin, ¿viene o no?
—Si usted se empeña… —respondà yo sin el menor entusiasmo.
—¡Ya lo creo! Es preciso cazar cuando menos una vez en la vida. Salimos el sábado por la tarde; cuento con usted.
He aquà cómo me và comprometido en esta aventura, cuyo funesto recuerdo me persigue siempre.