Un Drama en México
Un Drama en México Eran las cinco; debía estar dentro de cuarenta minutos en la posada para comer, antes de tomar el coche que debía de volver a Amiens a hombres y bestias, vivos o muertos.
Seguí el camino siempre con cuidado.
De pronto me detuve. El corazón me saltaba de su sitio.
Entre unas matas, a cincuenta pasos, había algo.
Era oscuro, con bordes plateados y un punto rojo como una escarapela ondulante. De seguro algún ave u otro animal de pelo y pluma. Dudaba si sería una liebre o un faisán.
¿porqué no? ¿qué haría si al volver a ver a mis compañeros llevaba en mi saco el cadáver de un faisán?
Me aproximé con cuidado con la escopeta preparada. Contenía la respiración. Estaba emocionado. Sí, emocionado como Bretignot, Maximon y Duvauchelle reunidos.
Cuando estuve cerca, a unos veinte pasos, me arrodillé con objeto de hacer mejor la puntería. El ojo derecho abierto, el izquierdo cerrado. Apunté e hice fuego.
—¡Le he dado! —exclamé fuera de mí. Y lo que es esta vez nadie me disputará mi derecho.
En efecto, había visto volar algunas plumas, o quizás pelos.
No teniendo perro, me precipité entre las ramas, ví al animal inmóvil, no dando el menor signo de vida, lo cogí…