Una ciudad flotante
Una ciudad flotante Subí a cubierta. Entre los paseantes, no se hallaba mi amigo el doctor. Se me ocurrió entonces la idea de buscar el lugar del buque donde estaba confinada la pobre Elena. ¿Qué camarote ocupaba? ¿Dónde la tenía encerrada Harry Drake? ¿A qué manos estaba entregada aquella infeliz, a quien su marido abandonaba durante días enteros? Sin duda a las de alguna interesada criada de a bordo, o alguna enfermera indiferente. Quise enterarme, no por mera curiosidad, sino en interés de Elena y Fabián, aunque no fuera más que para evitar un encuentro, siempre temible.
Empecé por inspeccionar los camarotes del gran salón de señoras, recorriendo los pasillos de los dos pisos en que el buque se dividía por aquella parte. Mis pesquisas eran fáciles, porque en la puerta de cada camarote, estaba escrito el nombre de los pasajeros, a fin de simplificar el servicio de los camareros. No encontré el nombre de Harry Drake, lo cual no me sorprendió, pues aquel hombre debía haber preferido un camarote de los dispuestos en la parte de popa, junto a los salones menos frecuentados. Por lo demás, no habiendo admirado los fletadores más que una clase de pasajeros, los camarotes de popa y los de proa eran iguales bajo el punto de vista de las comodidades.