Una ciudad flotante

Una ciudad flotante

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Me dirigí hacia los comedores y recorrí atentamente los pasillos laterales que separaban las dos filas de camarotes. Todos estaban ocupados; todos tenían en la puerta el nombre de algún pasajero; pero el de Harry Drake faltaba aún. Entonces me asombré, pues creía haber visitado toda nuestra ciudad flotante, y no sabía que hubiera en ella otro barrio más lejano. Pero un camarero, a quien interrogué, me dijo que existían otros cien camarotes, detrás de los dining-rooms.

—¿Por dónde se baja a ellos? —pregunté.

—Por una escalera que desemboca en la cubierta, junto al salón.

—¿Y sabéis cuál ocupa mister Harry Drake?

—Lo ignoro —me respondió.

Subí a cubierta, costeé la cámara indicada y llegué a la escalera, que conducía, no a grandes salones, sino a una habitación oscura, alrededor de la cual había una doble fila de camarotes. Para aislar a Elena, no podía Drake haber elegido lugar más a propósito. La mayor parte de aquellos camarotes carecía de habitantes. Los reconocí, puerta por puerta. Había en las tarjetas algunos nombres; pero no el de Drake. Desanimado, iba a retirarme, cuando llegó a mis oídos un murmullo, apenas perceptible, que partía del fondo del corredor de la izquierda. Me dirigí hacia aquel lado.


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