Una ciudad flotante
Una ciudad flotante Llegado al gran salón, me sorprendió hallar en él una compacta multitud de espectadores. ¡Cuánto aplauso! A pesar de los desastres del día, el entertainment de costumbre desarrollaba las sorpresas de su programa. Del marinero herido, moribundo, nadie se acordaba. Reinaba grande animación. Los pasajeros acogían con satisfacción marcada la primera representación de una compañía de ministrels, en las tablas del Great-Eastern. Estos ministrels son cancioneros ambulantes, negros o ennegrecidos según su origen, que recorren las ciudades inglesas dando conciertos grotescos. En aquella ocasión, los cantores eran marineros o camareros pintados de negro. Llevaban trajes de desecho, galletas en lugar de botones, tenían anteojos formados por botellas apareadas y rabeles hechos con cuerdas y vejigas. Aquellos gaznápiros, muy granujas por cierto, cantaban coplas burlonas e improvisaban discursos razonados con equívocos y retruécanos. Al verse aplaudidos, exageraban sus contorsiones y gestos. Para terminar, un bailarín, ágil como un mono, ejecutó un paso que entusiasmó a la concurrencia.