Una ciudad flotante
Una ciudad flotante Pero por interesante que fuera el programa de los ministrels, no divertía a todos los pasajeros. Muchos se divertían de otro modo, apretándose en torno de las mesas del salón de proa. Allí se jugaba en grande. Los gananciosos defendían las ganancias hechas durante la travesía; los desgraciados trataban de reponerse, pues el tiempo apremiaba, por medio de golpes de audacia. Salía de aquella sala un violento ruido. Oíase la voz del banquero cantando los golpes, las imprecaciones de los que perdían, el retintín del oro, el crujir de los billetes de Banco. A lo mejor reinaba profundo silencio, pasado el cual, aumentaban en intensidad y número los gritos.