Una ciudad flotante

Una ciudad flotante

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Tengo horror al juego, por cuyo motivo apenas me eran conocidos los abonados del smoking-room. El juego es un placer siempre grosero, a veces malsano. El hombre atacado de esta enfermedad no puede menos de padecer otras. Es un vicio que nunca va solo. La sociedad de los jugadores, mezclada siempre a todas las sociedades, no me agrada. Allí dominaba Harry Drake, en medio de sus secuaces. Allí preludiaban su vida de aventuras algunos vagos que iban a América a hacer fortuna. Como yo evitaba siempre el contacto de aquella gentuza, pasé por delante de la puerta, sin intención de entrar, cuando me detuvo un tumulto de gritos e injurias. Escuché, y con grande asombro mío, creí reconocer la voz de Fabián. ¿Qué hacía allá? ¿Iba a buscar a su enemigo? ¿Estaba a punto de estallar la tan temida catástrofe?

Empujé con fuerza la puerta. El alboroto estaba en su apogeo. Entre el montón de jugadores, vi a Fabián que estaba en pie, frente a Harry Drake, en pie también. Sin duda Drake acababa de insultar groseramente a Fabián, porque la mano de éste se levantó y, si no cruzó la cara de su adversario, fue porque Corsican se interpuso, deteniéndole con rápido ademán.

Pero Fabián, dirigiéndose a Drake, le dijo con acento fríamente burlón:

—¿Dais el bofetón por recibido?

—Sí —respondió Drake—. ¡Aquí está mi tarjeta!


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