Una ciudad flotante

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De repente, un relámpago deslumbrador, una iluminación violenta envolvió la popa del buque. Me sentí derribado, medio ahogado. El relámpago y el trueno habían sido simultáneos. Se percibía un fuerte olor a azufre. Me levanté y miré. Elena estaba apoyada en Fabián. Harry Drake, petrificado, permanecía en pie, en la misma postura, pero su rostro estaba negro.

El desgraciado, llamando al rayo con la punta de su florete, había recibido todo su choque.

Elena se separó de Fabián, se acercó a Harry Drake, con la mirada llena de angelical compasión. Le puso la mano sobre un hombro… Aquel ligero contacto bastó para romper el equilibrio. El cuerpo de Drake cayó como una masa inerte.

Elena se inclinó sobre aquel cadáver, mientras nosotros retrocedíamos espantados. El miserable Harry estaba muerto.

—¡Muerto por el rayo! —dijo el doctor cogiéndome el brazo—. ¡Muerto por el rayo! ¡Ah! ¡Y no queríais creer en la intervención del rayo!

En efecto, ¿Drake había sido víctima del rayo, como afirmaba el doctor Pitferge, o, como aseguró después el médico del buque, se había roto un vaso en el pecho de aquel desdichado? No lo sé. Lo cierto es que no teníamos ante los ojos más que un cadáver.


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