Una ciudad flotante
Una ciudad flotante Al otro día, martes 9 de abril, a las once de la mañana, el Great-Eastern levaba anclas y aparejaba para entrar en el Hudson. El práctico maniobraba con incomparable golpe de vista. La tempestad se había disipado durante la noche. Las últimas nubes desaparecían en el extremo horizonte. El mar estaba animado por una escuadrilla de goletas, que se dirigían a la costa.
A las once y media llegó la Sanidad. Era un barco pequeño de vapor, que llevaba a su bordo la comisión sanitaria de Nueva York. Provisto de un balancín que subía y bajaba, su velocidad era grande; aquel buque me dio la muestra de los pequeños ténders americanos, todos del mismo modelo. Unos veinte de ellos nos rodearon muy pronto.
No tardamos en pasar más allá del Light-Boat, faro flotante que marca los pasos del Hudson. Pasamos rozando la punta de Sandy Hook, lengua arenosa terminada por un paso; algunos grupos de espectadores nos aclamaron desde dicha punta.
Así que el Great-Eastern hubo costeado la bahía interior formada por la punta de Sandy Hook, en medio de una escuadrilla de pescadores, distinguí las florecientes y verdes alturas de Nueva Jersey, los enormes fuertes de la bahía, y luego la línea baja de la gran ciudad, que se prolonga entre el Hudson y el río del Este, como Lyon entre el Saona y el Ródano.