Una ciudad flotante

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Pero yo no hacía caso de aquel tipo original, y miraba. Pasado el puente, pisamos la isla. Era Goat-Island, la isla de la Cabra, un trozo de 70 fanegas, cubierto de árboles, surcado por soberbias calles de árboles, por donde pueden circular carruajes, arrojados como un ramillete, entre los dos saltos de agua, americano y canadiense, separados por una distancia de 300 yardas. Corríamos por debajo de aquellos grandes árboles, trepando las pendientes y dejándonos resbalar para descender. Redoblaba el estruendo de las aguas; nubes gigantescas de húmedos vapores rodaban por el espacio.

—¡Mirad! —exclamó el doctor.

Al salir de un bosquecillo, el Niágara acababa de aparecer ante nuestros ojos en todo su esplendor. En aquel punto formaba un recodo brusco, y redondeándose para formar el salto canadiense, el horse-shoe-fall, herradura, caía desde una altura de 158 pies, con una anchura de dos millas.






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