Una ciudad flotante

Una ciudad flotante

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Pronto llegamos a orillas del Niágara. Las aguas del río, transparentes y poco profundas, corrían tranquilas; por algunos puntos asomaban puntas de rocas negruzcas. Los mugidos se hacían más y más fuertes, pero aún no veíamos la catarata. Un puente de maderos que descansaban en arcos de hierro, unía la orilla izquierda con una isla situada en el centro del río. El doctor me condujo a él. Agua arriba se extendía el río hasta perderse de vista, agua abajo, es decir, a nuestra derecha, se conocía el primer desnivel de un rápido; más allá, a media milla del puente, desaparecía el terreno por completo, hallándose el aire lleno de nubes de agua en polvo. Aquello era el salto americano. Más lejos se pintaba un paisaje tranquilo, algunas colinas, casas de campo, árboles secos, es decir, la orilla canadiense.

—¡No miréis! ¡No miréis! —me gritaba el doctor—. ¡Reservaos! ¡Cerrad los ojos y no los abráis hasta que yo os avise!







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