Una ciudad flotante

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Entonces tuvo conciencia de que había alguien junto a ella, y volviéndose a medias, apareció a nosotros transformada; una expresión nueva vivía en sus ojos. Fabián, tembloroso, permanecía delante de ella, mudo, con los brazos abiertos.

—¡Fabián! ¡Fabián! —exclamó por fin Elena.

Fabián la recibió en sus brazos, en los cuales cayó inanimada. El joven lanzó un grito desgarrador, pues creía muerta a su prometida. Pero el doctor intervino.

—Tranquilizaos —dijo a Fabián—; esta crisis la salvará.

Elena fue transportada a Clifton-House, y depositada en su lecho, donde, pasado el desmayo, quedó sumida en plácido sueño.

Fabián, animado por el doctor y lleno de esperanza (¡Elena le había reconocido!), se acercó a nosotros.

—¡La salvaremos! —me dijo—. ¡La salvaremos! Todo los días espero la resurrección de su alma. Hoy, mañana tal vez, ¡mi Elena me será devuelta! ¡Ah! ¡Cielo clemente! ¡Bendito seas! Permaneceremos aquí cuanto tiempo sea preciso por ella. ¿No es verdad, Arquibaldo?


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