Una ciudad flotante
Una ciudad flotante No quise distraer a Fabián. Corsican, el doctor y yo nos habÃamos acercado a Table-Rock. Elena conservaba la inmovilidad de una estatua. ¿Qué impresión dejaba aquella escena en su espÃritu? ¿RenacÃa, poco a poco, su razón, bajo la influencia de aquel grandioso espectáculo? Vi que, de pronto, Fabián dio un paso hacia ella. Elena, levantándose bruscamente, habÃa avanzado hacia el abismo, tendiendo al antro sus brazos, pero, de repente, se habÃa detenido, pasando la mano por su frente como si quisiera borrar de ella alguna imagen. Fabián, pálido como un cadáver, pero sereno, se habÃa colocado de un salto entre Elena y el precipicio. Elena habÃa sacudido su rubia cabellera; su cuerpo encantador se estremecÃa. ¿VeÃa a Fabián? No. ParecÃa una muerta que volvÃa a la vida y que trataba de reconocer la existencia en torno suyo.
Corsican y yo no nos atrevÃamos a dar un paso; sin embargo, tan cerca de Fabián y Elena estaba el antro, que temÃamos un desastre. Pero el doctor Pitferge nos contuvo:
—Dejad a Fabián —dijo—; dejadle hacer.
OÃanse los sollozos que brotaban del pecho de la joven. De sus labios brotaron palabras inarticuladas. ParecÃa que trataba de hablar y no podÃa. Por fin, oÃmos estas palabras:
—¡Dios mÃo! ¡Dios todopoderoso! ¿Dónde estoy?