Una ciudad flotante
Una ciudad flotante En la dirección indicada, distinguí a Fabián, que aún no nos había visto. Estaba en pie sobre una roca, sin separar su mirada de Elena, que estaba sentada a algunos pasos de él. Aquel sitio de la orilla derecha se llama «Table-Rock». Es una especie de promontorio peñascoso, volado sobre el río que ruge a doscientos pies por debajo. En otro tiempo, la superficie volada era mayor. Pero derrumbamientos sucesivos de enormes trozos de piedra han reducido su superficie a algunos metros cuadrados.
Élena contemplaba la Naturaleza, sumida en mudo éxtasis. Desde aquel sitio, el aspecto de los saltos de agua es motsu lime, dicen los guías, y tienen razón. Es una vista de conjunto de ambas cataratas: a la derecha se ve la canadiense, cuya cresta, coronada de vapores, cierra por este lado el paisaje como un horizonte de mar; enfrente se ve el salto americano, y encima el elegante pueblo de Niágara Falls, medio perdido entre los árboles, y toda la perspectiva del río, que se esconde entre sus elevadas orillas; debajo, el torrente que lucha con los témpanos desprendidos.