Una ciudad flotante

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—Pero ¿cómo os encuentro en el Niágara?

El Niágara —respondió Corsican— es el punto de cita veraniega de los ingleses y los americanos. Aquí se respira; aquí, ante el sublime espectáculo de las cataratas, se recobra la salud. Este hermoso paisaje impresionó a Elena, y por eso hicimos alto aquí, en la margen del Niágara. Mirad esa casa de campo, Clifton-House, en medio de los árboles, a media ladera. En ella vivimos, en familia, con la hermana de Fabián, que se ha consagrado a nuestra pobre amiga.

—¿Ha reconocido Elena a Fabián?

—No, aún no —respondió el capitán—. Sabéis, sin embargo, que, en el momento de caer Harry Drake herido mortalmente, Elena tuvo un instante de lucidez. Su razón se abrió paso al través de las tinieblas que la envolvían. Pero aquella lucidez desapareció pronto. No obstante, desde que se halla en medio de este aire puro, en este medio tranquilo, el doctor ha notado una mejoría sensible en el estado de Elena. Está serena, su sueño no es inquieto, en sus ojos se ve como un esfuerzo para recobrar algo, de lo pasado o del porvenir.

—¡Ah, querido amigo! —le dije—. La curaréis. Pero ¿dónde están Fabián y su prometida?

—¡Mirad! —dijo Corsican, extendiendo el brazo hacia el Niágara.


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