Una ciudad flotante

Una ciudad flotante

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Le seguí. Un negro nos condujo a un vestuario donde nos dio un pantalón y una esclavina impermeables y un sombrero de hule. Así vestidos, el negro nos guió por un sendero resbaladizo, surcado por desagües ferruginosos, obstruidos en muchos puntos por piedras negras con afiladas aristas, hasta que llegamos al nivel inferior del Niágara. Pasamos después, por entre vapores de agua pulverizada, a colocarnos debajo de la gran catarata, que caía por delante de nosotros como el telón de un teatro por delante de los actores. ¡Pero qué teatro! ¡Qué corrientes tan impetuosas formaban las capas de aire, violentamente desalojadas! Mojados, ciegos, ensordecidos, no podíamos vernos ni oírnos, en aquella caverna tan herméticamente cerrada por las láminas líquidas de la catarata, como si la Naturaleza la hubiera cubierto con un muro de granito.

A las nueve, habíamos regresado ya a la fonda, donde abandonamos nuestros mojados ropajes. Vuelto a la orilla, lancé un grito de sorpresa y de alegría.

—¡Corsican!

El capitán me oyó y se acercó a mí.

—¡Vos aquí! —exclamó—. ¡Qué alegría!

—¿Y Fabián? ¿Y Elena? —pregunté, mientras nos estrechábamos las manos.

—Ahí están, todo lo bien que es posible. Fabián lleno de esperanza, y Elena recobrando poco a poco la razón.


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