Una ciudad flotante

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Un poco aguas abajo de este puente está el sitio por donde Blondin pasó el Niágara, por una cuerda tirante, de orilla a orilla; no lo atravesó, pues, por encima de las cataratas. Pero no por eso era la empresa menos arriesgada. Pero si mister Blondin nos asombra por su audacia, ¿no debe admirarnos más el amigo que, montado en su espalda le acompañaba en aquel paseo aéreo?

—Debía ser un glotón —dijo el doctor—, porque Blondin hacía las tortillas admirablemente, sobre su cuerda tirante.

Estábamos ya en la orilla canadiense; subimos por la orilla izquierda del Niágara, para ver las cascadas bajo otro aspecto.

Media hora después, entrábamos en una fonda inglesa, donde el doctor hizo servir un desayuno conveniente. Recorrí el libro de los viajeros, en el cual figuran multitud de nombres. Entre ellos estaban los siguientes: Roberto Peel, lady Franklin, conde de Paris, principe de Joinville, Luis Napoleón (1846), Barnum, Mauricio Sand (1865), Agassis (1854), Almonte, principe Hohenlohe, Rothschild, lady Engin, Burkardt (1862), etc…

Terminado el almuerzo, el doctor dijo:

—¡Ahora vamos a ver las cataratas por debajo!


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