Una ciudad flotante
Una ciudad flotante VolvÃa hacia la proa, cuando de pronto, me hallé en presencia del joven a quien habÃa visto en el muelle de New-Prince. Se detuvo al verme y me tendió una mano que estreché cariñosamente.
—¿Vos aquÃ, Fabián? —exclamé.
—Yo mismo, amigo querido.
—No me engañé cuando, hace algunos dÃas, creà veros en el embarcadero. ¿Vais a América?
—SÃ. ¿En qué puede emplearse mejor una licencia de algunos meses, que en correr el mundo?
—¡Dichosa la casualidad que os ha hecho elegir el Great-Eastern para vuestro paseo!
—No ha sido, casualidad, querido compañero. Leà en un periódico que habÃais tomado pasaje a bordo de este buque y he querido hacer el viaje con vos.
—¿Acabáis de llegar de la India?
—El Dodavery me dejó anteayer en Liverpool.
—¿Y viajáis, Fabián?… —le pregunté observando su rostro pálido y triste.
—Para distraerme, si puedo —respondió, estrechando mi mano con emoción, el capitán Fabián Macelwin.