Una ciudad flotante

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—Entonces —le dije—, puesto que el buque recobra tan pronto la vertical, hay sobra de estabilidad.

—Sí, ¡para él, pero no para nosotros! —respondió alegremente el doctor— pues, como veis, recobramos la horizontal mejor que queremos.

Encantado de su réplica, levantóse el doctor y, apoyados uno en otro, logramos llegar a un banco de la toldilla. Felicité allí a Pitferge, porque sólo tenía algunas desolladuras, cuando podía haberse roto la cabeza.

—Aún no hemos llegado al fin —me dijo—. Pronto ocurrirá alguna desgracia.

—¿A nosotros?

—Al buque, que es lo mismo.

—Si habláis en serio, ¿por qué os embarcasteis?

—¡Porque tengo ganas de ver a qué sabe un naufragio! —dijo el doctor con la mayor formalidad.

—¿Es la primera vez que navegáis en este barco?

—No. He hecho en él, como curioso, varias travesías.

—Entonces no os quejéis.

—No me quejo. Hago constar los hechos y espero paciente la hora de la catástrofe.

¿Se burlaba aquel hombre de mí? Sus ojuelos me parecían muy irónicos. Quise tantearle más.


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