Una ciudad flotante
Una ciudad flotante —Doctor —le dije—, aunque no sé en qué hecho pueden fundarse vuestros pronósticos, debo advertiros que el Great-Eastern ha atravesado ya veinte veces el Atlántico, y que el conjunto de sus viajes ha sido satisfactorio.
—¿Qué importa eso? —contestó—. Este buque está embrujado, para emplear la expresión del vulgo. Su destino está escrito. Todo el mundo lo sabe y nadie se fÃa de él.
»¡Cuántas dificultades ha habido que vencer para botarlo al agua! Se resistÃa tanto a mojarse como el hospital de Greenwich. Creo que su constructor Brunnel murió, como decimos los médicos, de resultas de la operación.
—¿Sois, acaso, materialista?
—¿A qué viene esa pregunta?
—La hago porque he observado que muchos que no creen en Dios, creen en todo lo demás, hasta en el mal de ojo.
—Bromead, pero dejadme proseguir argumentando —replicó el doctor—. El Great-Eastern ha arruinado ya varias compañÃas. Construido para el transporte de emigrantes y el de mercancÃas a Australia, no ha visto Australia. Combinado para dar una velocidad superior a la de los paquebotes transoceánicos, la ha dado mejor.
—Por consiguiente…