Una ciudad flotante
Una ciudad flotante —Esperad —respondió Dean Pitferge—. Se ha ahogado ya uno de los capitanes del Great-Eastern, y era de los más hábiles, porque sabÃa cortar las olas de manera que evitaba este infernal balance.
—Deploremos su muerte, pero nada más.
—Ademas —prosiguió el doctor sin hacer caso de mi incredulidad—, se dice que un pasajero que se perdió en sus profundidades, como un leñador en los bosques americanos no ha sido hallado aún.
—¡Hombre! —dije irónicamente—. Eso ya es un hecho.
—También dicen que al hacer las calderas, un maquinista quedó, por descuido, soldado dentro de una de ellas.
—¡Bravo! ¡Un maquinista soldado! ¡E ben trovato! ¿Creéis eso, doctor?
—Lo creo, como creo que nuestro viaje, que ha empezado mal, acabará peor.
—El Great-Eastern es tan fuerte que puede desafiar los mares más furiosos. Es sólido como si fuera macizo.
—Aunque es sólido, dejadle caer en el hueco de dos olas y veréis si se levanta. Es un gigante cuya fuerza no corresponde a su talla. Sus maquinas son débiles. ¿Habéis oÃdo hablar de su 19 viaje, de Liverpool a Nueva York?
—No.