Una ciudad flotante
Una ciudad flotante —¡De ninguna manera! Hablo como mecánico, ni más ni menos. Estoy en mi centro y sentirÃa mucho que se disolviera este grupo de tipos reunidos por la casualidad para divertirme.
—¡Tipos! —exclamé mirando a los pasajeros que afluÃan al salón—. Todas estas gentes son iguales.
—¡Bah! —dijo el doctor—. No los conocéis. Convengo en que hay sólo una especie, pero ¡cuántas variedades tiene! Mirad aquel grupo de despreocupados, con las piernas tendidas sobre los divanes y el sombrero ladeado. Son yanquis, legÃtimos yanquis de los pequeños estados de Maine, de Vermont o del Connecticut, productos de Nueva Inglaterra, hombres de cabeza y de acción, algo demasiado crédulos con los reverendos, pero que estornudan sin volver la cara. ¡Ah! Son verdaderos sajones, naturalezas hechas para el lucro y por tanto muy hábiles. ¡Encerrad a dos yanquis en un cuarto, y al cabo de una hora, cada uno habrá ganado diez dólares al otro!
—No os pregunto cómo —dije soltando la carcajada—. Pero decidme, ¿quién es aquel hombrecillo vestido con gabán largo y pantalón corto, que se mueve como una verdadera veleta?
—Un ministro protestante, un hombre considerable de Massachussets, que va a incorporarse a su mujer, institutriz muy conocida por cierta causa célebre.