Una ciudad flotante
Una ciudad flotante —¿Y aquel alto y fúnebre, que parece embebido en sus cálculos?
—Calcula en efecto —dijo el doctor—. Calcula siempre y siempre.
—¿Problemas?
—No, su fortuna. Es un hombre considerable. Sabe en cada instante, cuánto posee, con error de menos de un céntimo. Todo un barrio de Nueva York le tiene por casero. Hace un cuarto de hora tenÃa 1 625 367 dólares, pero ahora ya no tiene más que 1 625 366 dólares y cuarto.
—¿Por qué?
—Porque acaba de fumar un cigarro, que no se lo dieron gratis.
Las salidas del doctor me hacÃan gracia. Le indiqué otro grupo, reunido en otro punto del salón.
—Aquéllos —me dijo— son del Fart West. El más alto es el director del Banco de Chicago, hombre considerable. Lleva debajo del brazo un álbum con vistas de su querida ciudad. ¡Está orgulloso y hace bien en estarlo: es una gran ciudad, edificada en un desierto en 1836, que hoy contiene 400 000 almas contando la suya! A su lado se ve una pareja californiana. La mujer es guapa y delicada; el marido, fuerte y flaco, es un antiguo mozo de labranza, que cierto dÃa supo labrar pepitas de oro. Es…
—¿Considerable?