Una ciudad flotante
Una ciudad flotante —¡Vaya! ¡Ya lo creo! Su activo es de millones.
—¿Y aquél que mueve la cabeza de arriba abajo, como un negro de reloj?
—Es el célebre Cokburu de Rochester, el estadÃstico universal, que todo lo ha pesado, medido, contado y valuado en guarismos. Interrogad a ese maniático inofensivo y os dirá cuánto pan ha engullido un hombre a los cincuenta años, cuántos metros cúbicos de aire ha respirado. Os dirá también cuántos pliegos en folio llenarÃan las palabras de un abogado de Temple-Bar; cuántos millas anda diariamente un cartero, solo para llevar cartas amorosas; cuántas viudas pasan al dÃa por el puente de Londres; cuántos metros de altura tendrÃa una pirámide levantada por los bocadillos consumidos anualmente por un ciudadano de la Unión; cuántos…
El doctor, lanzado a toda vela, hubiera seguido por el mismo camino hasta sabe Dios cuándo, si no le hubieran distraÃdo otros pasajeros que desfilaron por delante de nosotros. ¡Qué tipos tan diversos! Pero ni un desocupado; no se varÃa de continente sin motivo serio. La mayor parte iba a América a hacer fortuna, sin tener en cuenta que un yanqui a los veinte años ya ha adquirido su posición, y que a los veinticinco es demasiado viejo para entrar en lucha.