Una ciudad flotante

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CAPÍTULO XII

Al otro día, sábado 30 de marzo el tiempo era hermosísimo. Brisa suave, mar tranquila. Los fogones, activamente alimentados, habían hecho aumentar la presión. La hélice daba treinta y seis vueltas por minuto. La velocidad del Great-Eastern pasaba de doce nudos.

El viento había caído hacia el Sur. El segundo mandó largas las gavias y la cangreja, que apoyando al buque hicieron cesar los balances. Como el sol era tan brillante, las señoras subieron a sus toldillas, unas a pasear, otras a hacer labor, sentadas —iba a decir sobre el césped—, bajo los árboles. Los vestidos eran de primavera. Los niños, que no salían hacía dos días, volvieron a sus juegos; algunos coches de muñecas corrían a escape. Solo faltaban unos cuantos soldados con las manos en los bolsillos y la cabeza engallada para que aquello fuera un paseo francés.

A las doce menos cuarto, el capitán y dos oficiales subieron a la paralela; el tiempo estaba a propósito para observar la altura del sol e iban a hacerlo. Cada uno de ellos tenía en sus manos un sextante, y miraba de tiempo en tiempo el horizonte del Sur, hacia el cual los espejos de los instrumentos debían presentar el astro del día.

—Mediodía —dijo de pronto el capitán Anderson.


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