Una ciudad flotante

Una ciudad flotante

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Arquibaldo me hizo saber, en pocas palabras, que Fabián había conocido en Bombay a una joven encantadora, miss Hodges. La amaba y era correspondido. Nada parecía oponerse a que el matrimonio los uniera, cuando la joven, con el consentimiento de su padre, fue solicitada por el hijo de un comerciante de Calcuta. Era un «negocio», sí, un negocio ajustado muy de antemano. Hodges, positivista, duro, poco sentimental, se hallaba en una situación delicada respecto a su corresponsal de Calcuta; aquella boda podía componerlo todo, y sacrificó la dicha de su hija a su dicha. La pobre niña no pudo resistir. Pusieron su mano en la de un hombre a quien no amaba y que, probablemente, no la amaba tampoco.

Puro negocio, mal negocio y peor acción. El marido, al otro día del casamiento, se llevó a su mujer, y Fabián, desde entonces, loco de dolor, herido de muerte, no había vuelto a ver a su adorada, porque seguía adorándola.

Después de este relato comprendí que, en efecto, el mal de Fabián era grave.

—¿Cómo se llamaba ella? —pregunté a Corsican.

—Elena Hodges —me respondió.

¡Elena! Ya no eran para mí un enigma las letras que Fabián veía en la estela del barco.

—Y su marido ¿quién és? —volví a preguntar.


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