Una ciudad flotante
Una ciudad flotante —Un tal Harry Drake.
—¡Drake! —exclamé—. Ese hombre está a bordo.
—¿Aqu� ¿Aqu� —repitió el capitán Arquibaldo, cogiendo mi mano y mirándome a la cara.
—Sà —repet×, aquÃ, a bordo.
—¡Quiera el cielo —dijo con gravedad Corsican—, que él y Fabián no se encuentren! Afortunadamente no se conocen, o al menos Fabián no conoce a Harry Drake. ¡Pero este nombre, pronunciado en su presencia, provocará una explosión!
Entonces referà a Corsican lo que sabÃa respecto a Harry Drake, según la relación del doctor Pitferge. Pinté tal cual era a aquel aventurero, insolente y malvado, arruinado ya por sus vicios y desórdenes, pronto a rehacer su fortuna sin reparar en los medios. En aquel momento, pasó Drake junto a nosotros, y se lo señalé al capitán, cuyos ojos se animaron repentinamente: hizo un gesto de cólera que yo contuve.
—Sà —me dijo—. Tiene cara de bribón. Pero ¿a dónde va?
A América, a pedir a la casualidad lo que no quiere pedir al trabajo.
—¡Pobre Elena! —murmuró el capitán—. ¿Dónde está?
—Puede que ese miserable la haya abandonado.