Veinte mil leguas de viaje submarino

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Me di cuenta de que las ideas de Ned Land iban agriándose con las reflexiones que le bullían en el cerebro. Ola poco a poco los juramentos que profería para sí y veía que sus ademanes volvían a ser amenazadores. Se levantaba, daba vueltas como una fiera enjaulada, daba puntapiés y puñetazos en las paredes. Además, el tiempo pasaba, el hambre nos atenaceaba con cruel insistencia, el camarero no se presentaba y todo esto era olvidar demasiado prolongadamente nuestra situación de náufragos, si en verdad alentaban buenas intenciones para con nosotros.

Ned Land, atormentado por los retortijones de su estómago exigente, enojábase cada vez más y, pese a la palabra empeñada, yo temí que explotara de veras cuando se hallase en presencia de un hombre de a bordo.

Durante dos horas más la ira del canadiense fue en aumento. Llamaba, clamaba, pero en vano. Los muros de acero laminado eran sordos. Yo no oía ni un rumor dentro de aquella nave, que parecía muerta. No se movía, pues evidentemente yo hubiera notado el vibrar del casco con el impulso de la hélice. Hundida, sin duda, en el abismo de las aguas, ya no pertenecía.a la tierra. El lóbrego silencio reinante espantaba.


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