Veinte mil leguas de viaje submarino

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En cuanto al abandono en que nos tenían, al aislamiento en que nos hallábamos en el fondo de nuestra celda, no me atrevía a pensar cuánto duraría. Las esperanzas que había concebido después de la entrevista con el comandante se desvanecían poco a poco. La dulzura de la mirada de ese hombre, la expresión generosa de su fisonomía, la nobleza de su porte todo desaparecía de mi recuerdo. Yo veía al enigmático personaje tal como debía ser necesariamente en la realidad, despiadado, cruel. Me parecía que se hallaba fuera de la humanidad, inaccesible a todo sentimiento compasivo, implacable enemigo de sus semejantes, a los que sin duda profesaba odio imperecedero.

¿Pero nos dejaría ese hombre perecer de inanición, encerrados en estrecha cárcel, librados a las horribles tentaciones a que incita el cruel imperio del hambre? Tan espantoso pensamiento alcanzó en mi ánimo una intensidad terrible, y, con ayuda de la imaginación, me sentí dominado por un pavor insensato. Consejo permanecía impasible. Ned Land rugía. En ese momento se oyó un ruido afuera. Resonaron pasos en el piso metálico, jugaron las llaves en el pestillo de las cerraduras, abrióse la puerta y asomó por ella el camarero. Antes que yo pudiera insinuar un movimiento para impedírselo, el canadiense se había precipitado sobre el infeliz, lo había derribado y lo tenía agarrado del cuello. El camarero se sofocaba bajo su mano poderosa.


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