Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino La pregunta me dejó confuso, pues ciertamente el comandante Farragut no habría vacilado. Creería seguramente cumplir con su deber destruyendo un aparato de esa clase como si fuera un narval gigantesco.
-De modo que usted comprenderá, señor, prosiguió el desconocido, que en tales condiciones tengo el derecho de tratarlos como a enemigos.
Nada respondí, y con motivo. ¿Para qué discutir semejante aserto, si la fuerza puede destruir los mejores argumentos?
-Mucho tiempo vacilé, continuó el comandante. Nada me obligaba a concederles hospitalidad. Si se imponía separarme de ustedes, no tenía ningún interés en volver a verlos. Con ponerlos en la plataforma de esta nave que les había servido de refugio y sumergirme en las profundidades del mar, me olvidaba de que hubieran jamás existido. ¿No era éste mi derecho?
-Sería, quizás, el derecho de un salvaje, respondí, pero no el de un hombre civilizado.