Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -Señor profesor, replicó vivamente el comandante, ¡yo no soy lo que usted llama hombre civilizado! He roto con la sociedad entera por razones que sólo a mí me incumbe apreciar. No obedezco, pues, a reglas y le recomiendo que no las invoque nunca en mi presencia. Esto fue dicho con tono categórico. Un fulgor de ira y de desdén le iluminó la mirada al desconocido; yo vislumbré en la vida de aquel hombre un pasado harto tormentoso. ¡No solamente se había puesto al margen de las leyes humanas, sino que además se había emancipado, declarándose libre en la más rigurosa acepción de la palabra, fuera de todo alcance! ¿Quién osaría perseguirlo en el fondo de los mares, cuando en la superficie desbarataba los esfuerzos que se conjugaban contra él? ¿Qué navío podía resistir el choque de su monitor submarino? ¿Qué coraza, por espesa que fuere, soportaría los impactos de su espolón? Nadie, entre los humanos, podía exigirle cuentas de sus actos. Sólo Dios, si creía en él, su conciencia, si la tenía, eran los únicos jueces a cuya jurisdicción podía someterse. Estos pensamientos cruzaron rápidamente por mi mente, mientras el extraño personaje callaba, absorto y como ensimismado.
Yo lo observaba con un pavor en que había hondo interés, sin duda como Edipo contemplaba a la esfinge. Después de prolongado silencio, volvió el comandante a tomar la palabra.