Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -He titubeado mucho, dijo, pero pensé que mi interés podÃa conciliarse con la compasión natural a que todo ser humano tiene derecho. Se quedarán ustedes a bordo, ya que la fatalidad los empujó hasta aquÃ. Serán libres y a cambio de tal libertad, muy relativa por otra parte, no he de imponerles más que una condición. La palabra que me den de someterse a ella me bastará.
-Hable usted, señor, respondÃle, porque supongo que será una condición tal como las que una persona honrada puede aceptar.
-SÃ, señor. Es ésta: puede ocurrir que ciertos acontecimientos imprevistos me pongan en la necesidad de retenerlos en sus camarotes durante unas horas o unos dÃas. En el deseo de no apelar a recursos violentos, espero de ustedes, en tal caso, estricta obediencia. Obrando de este modo, pongo a cubierto la responsabilidad de ustedes, los libro de todo compromiso, puesto que yo los habré colocado en la imposibilidad de ver lo que no debe ser visto. ¿Aceptan esta condición?
¡De manera que ocurrÃan a bordo cosas por lo menos singulares y que no debÃa ver la gente que no estuviera puesta al margen de las leyes sociales! Entre las sorpresas que me reservaba el futuro no debÃa ser ésta una de las menores.
-Aceptamos, respondÃ. Sólo que le pediré, señor, me permita hacerle una pregunta, una sola.
-Hable usted, señor.