Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino -¿Me ha dicho que estaremos libres a bordo?
-Enteramente.
-Le preguntaré qué entiende usted por esa libertad.
-Pues, la libertad de ir, de venir, de ver, de observar incluso lo que aquí pasa, salvo en contadas circunstancias, la libertad, en fin, de que disfrutamos mis compañeros y yo.
Era evidente que no nos entendíamos.
-Perdone usted, señor, repuse, pero esa libertad no es más que la que tiene todo prisionero de recorrer su prisión. No puede bastarnos.
-¡Sin embargo, será preciso que les baste!
-¿Cómo? ¿Hemos de renunciar para siempre a ver nuevamente a nuestra patria, a nuestros amigos, a nuestra familia?
-Sí, señor. ¡Aunque renunciar al insoportable yugo de la tierra, que los hombres creen la libertad, tal vez no sea tan penoso como usted se lo imagina!
-¡De todos modos, exclamó Ned Land, jamás empeñaré mi palabra de no tratar de escaparme!
-Yo no le exijo su palabra, maestro Land, respondió con frialdad el comandante.
-¡Señor, dije yo arrebatado a pesar mío, abusa usted de su situación con respecto a nosotros! ¡Eso es crueldad!