Veinte mil leguas de viaje submarino

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Me dirigí a la escalera central que daba a la plataforma. Subí los peldaños de metal y por la compuerta abierta llegué a la parte superior del Nautilus. La plataforma emergía sólo unos ochenta centímetros. La proa y la popa del Nautilus ofrecían la disposición fusiforme que acertadamente lo hacía comparar con un largo cigarro. Noté que las chapas de acero, sujetas unas con otras a manera de tejas, se parecían a las escamas que cubren los cuerpos de los grandes reptiles terrestres. Me expliqué, entonces, muy claramente, por qué a pesar de los mejores catalejos habían confundido siempre a esta nave con un animal marino.

Hacia la mitad de la plataforma, la canoa semiempotrada en el casco formaba una ligera protuberancia. Adelante y atrás se alzaban dos cajas de mediana altura y paredes oblicuas, en parte cerradas por espesos cristales lenticulares: una de ellas destinada al timonel que guiaba al Nautilus, la otra con el potente foco eléctrico que le alumbraba la ruta.


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