Veinte mil leguas de viaje submarino

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El mar se presentaba magnífico, el cielo puro; el alargado vehículo marítimo apenas parecía sentir las ondulaciones del océano. Una liviana brisa del este rizaba la superficie líquida. El horizonte, libre de brumas, se prestaba a la observación detenida. No había nada a la vista. Ni un escollo, ni un islote. Ni por asomo se hallaba a nuestro alcance la Abraham Linco1n. Sólo la inmensidad desierta. El capitán Nemo tomó la altura del sol con el sextante, que debía indicarle la latitud. Esperó unos minutos hasta que el astro aflorara el borde del horizonte. Mientras observaba, no se le estremeció un músculo: el instrumento no hubiera estado más firme en una mano de mármol.

-Es mediodía, dijo. Señor profesor, cuando usted guste... Eché una última mirada al mar un poco amarillento de las riberas japonesas y bajé al salón.

Allí anotó el capitán sus observaciones y calculó cronométricamente la longitud que controló con su precedente examen de los ángulos horarios. Luego me dijo:

-Señor Aronnax, estamos a los ciento treinta y siete grados y quince minutos de longitud oeste.

-¿De qué meridiano?, pregunté con rapidez, esperando que su respuesta me diera algún indicio sobre la nacionalidad del capitán.


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