Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Admiraba yo, pues, la salida del sol, tan alegre, tan vivificante, cuando oí que alguien subía a la plataforma. Me dispuse a saludar al capitán Nemo, pero el que llegaba era su segundo. Avanzó por la plataforma sin dar señales de que hubiera advertido mi presencia. Con un poderoso catalejo escrutó todos los puntos del horizonte con suma atención. Luego, una vez concluido ese examen, pronunció una frase cuyos términos textuales son los siguientes, que yo retuve en la memoria porque cada mañana la repetía en las mismas condiciones:
-Nautron respoc lorni virch.
Lo que esto significaba, yo no lo podría decir. Después de decir esas palabras, volvió a bajar el segundo. Yo pensé que el Nautilus reanudaría su navegación submarina, bajé por lo tanto de la plataforma y por las crujías me encaminé a mi habitación. Cinco días transcurrieron así, sin que variara la situación. Todas las mañanas subía a la plataforma y oía la misma frase de labios de mismo individuo. El capitán Nemo no aparecía.
Habíame resignado a no volverlo a ver, cuando el 16 de noviembre, al entrar en mi habitación con Ned y Consejo, hallé sobre la mesa una esquela que se me dirigía. Abríla con mano impaciente. Estaba escrita con letra franca, neta, aunque un tanto gótica y que recordaba los caracteres de imprenta alemanes.
Decía así la esquela: