Veinte mil leguas de viaje submarino

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Después de todo, como lo hizo notar Consejo, gozábamos de entera libertad y nos proporcionaban delicados alimentos. Nuestro huésped cumplía con lo convenido. No teníamos motivo de queja y, por lo demás, la misma singularidad de nuestro destino nos procura tan bellas compensaciones que no teníamos aún el derecho de acusarlo. El 11 de noviembre, muy temprano, el aire fresco expandido dentro del Nautilus me reveló que habíamos vuelto a la superficie del océano para renovar la provisión de oxígeno. Me dirigí a la escalera central y subí a la plataforma.

Eran las seis. Vi el cielo cubierto, el mar gris, aunque en calma. Apenas había oleaje. El capitán Nemo, con quien pensaba encontrarme, ¿no vendría, Sólo divisé al timonel, encerrado en su caja de cristal. Me senté en la saliente que producía el casco de la canoa y aspiré deleitado los efluvios salinos.

Poco a poco se disipó la bruma bajo la acción de los rayos solares. El astro radiante asomó por el horizonte oriental. Inflamóse el mar ante su mirada como reguero de pólvora. Las nubes, desparramadas en lo alto, se colorearon con tonos vivos admirablemente matizados e innumerables borreguillos (nubecillas blancas, ligeras, de bordes dentados) anunciaban viento para todo el día.

¡Pero qué mal podía hacerle el viento al Nautilus, si las tempestades no lo asustaban!


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